Setiembre 2026, Montevideo, Uruguay.
¿Cómo contar su historia sin los rostros humanos, sin las voces, sin los sonidos de quienes lo cuidaron?
Juanita me dijo que ya no quería hablar más de él, cómo no respetárselo; ese silencio también es parte del relato, y es otra forma de cuidar.
Harry era un gato comunitario, nunca vivió en una casa humana; aunque lo intentaron, “nunca se dejó”. Creció en un museo de arte contemporáneo en Montevideo, un lugar que antes fue cárcel, de hecho, la primera como tal en la historia del Uruguay. Harry vivió allí cerca de veinte años, y Juanita, Elena, Claudia, entre otras vecinas y trabajadoras del museo, lo cuidaron durante todo ese tiempo.
Cuando llegué a trabajar al museo, ya lo conocía. Unos años antes, como visitante, lo había visto en el patio, descansando al sol. Un par de años después volví, y su presencia cotidiana, conocer su historia y sus vínculos con las personas del barrio, me maravillaron. Fue hermoso y conmovedor formar parte de esa rutina que para muchas será una bagatela, pero que para mí fueron gestos enormes, afecto desbordante, cuerpos con recorridos vitales muy diferentes que se elegían, que se dejaban acariciar, filmar.
Ese vínculo, pienso ahora, crea una constelación afectiva distinta al orden que impone el especismo, que nos dice qué vidas merecen ser vividas, y cuáles son ignorables y desechables. Allí había otra cosa, un vínculo que desafiaba las barreras de la especie, del amor hegemónico, del productivismo capitalista, del egoísmo y el individualismo imperantes.
Al año de filmarles, Harry desapareció y murió. Todo sucedió en circunstancias que no fueron buenas. Estábamos tristes, y esos videos quedaron en pausa por años.
Hasta ahora que se abrió la oportunidad de reconectar aquel registro pasado con este montaje presente, en un intento de disputarle al especismo (que también es un orden del olvido) el sentido de quién merece ser cuidado, amado, llorado, duelado, recordado y narrado.
Juanita me dijo que ya no quería hablar más de él, cómo no respetárselo; ese silencio también es parte del relato, y es otra forma de cuidar.
Harry era un gato comunitario, nunca vivió en una casa humana; aunque lo intentaron, “nunca se dejó”. Creció en un museo de arte contemporáneo en Montevideo, un lugar que antes fue cárcel, de hecho, la primera como tal en la historia del Uruguay. Harry vivió allí cerca de veinte años, y Juanita, Elena, Claudia, entre otras vecinas y trabajadoras del museo, lo cuidaron durante todo ese tiempo.
Cuando llegué a trabajar al museo, ya lo conocía. Unos años antes, como visitante, lo había visto en el patio, descansando al sol. Un par de años después volví, y su presencia cotidiana, conocer su historia y sus vínculos con las personas del barrio, me maravillaron. Fue hermoso y conmovedor formar parte de esa rutina que para muchas será una bagatela, pero que para mí fueron gestos enormes, afecto desbordante, cuerpos con recorridos vitales muy diferentes que se elegían, que se dejaban acariciar, filmar.
Ese vínculo, pienso ahora, crea una constelación afectiva distinta al orden que impone el especismo, que nos dice qué vidas merecen ser vividas, y cuáles son ignorables y desechables. Allí había otra cosa, un vínculo que desafiaba las barreras de la especie, del amor hegemónico, del productivismo capitalista, del egoísmo y el individualismo imperantes.
Al año de filmarles, Harry desapareció y murió. Todo sucedió en circunstancias que no fueron buenas. Estábamos tristes, y esos videos quedaron en pausa por años.
Hasta ahora que se abrió la oportunidad de reconectar aquel registro pasado con este montaje presente, en un intento de disputarle al especismo (que también es un orden del olvido) el sentido de quién merece ser cuidado, amado, llorado, duelado, recordado y narrado.